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Manuel Alcaide Mengual


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Photography, Digital Arts 45 Followers Member since 2007
Spain

Back to list Added Aug 31, 2007


Poética

“El único viaje verdadero, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve…” Marcel PROUST (en La prisionera).

El lenguaje artístico, como tal lenguaje, es un instrumento de expresión. Lo verdaderamente irrelevante es el medio instrumental; la materialización de la idea es total y plenamente gratuita. La fotografía, como Arte en un sentido aristotélico, hace tiempo que no imita la vida. La luz no necesita recurrir sino a ella misma para llegar al mensaje comunicativo.
Como afirmaba Marcel Duchamp, importa poco haber producido la obra con mis propias manos o mediante un instrumento técnico: lo importante es su elección, el hecho de partir de un elemento normal de la realidad y disponerlo de tal forma que pierda la función para la que ha sido creado. De este modo, el objeto elegido adquiere un nuevo pensamiento: la posibilidad de ser pensado como elemento estético. La visión unívoca del objeto, a menudo estúpidamente determinada, la plasmación del objeto -que solo es posible observar en distintos momentos-, siempre se ve sometida a un tiempo, a una luz muy concreta e inmóvil. Por ello, lo importante no es lo que de realidad tiene la obra, sino la interpretación que se hace de esa realidad, su lenguaje. Existe siempre una tensión constante entre figuración y abstracción, entre la imitación y la idealización más o menos simplificada.
Intento trascender lo figurativo y lo conceptual. Pretendo manejar una signología abstracta, desnuda conceptualmente, primigenia de figuración, pero que se aleje y aísle de referencias a planos o figuraciones preestablecidas. No me es suficiente la captación estructural del objeto, dado que los parámetros formales de conocimiento no expresan su movilidad no consciente. Utilizo la fotografía como un instrumento más, como una tendencia que no se ocupa del mundo superficial y visible de los objetos observados ni el leitmotiv de los iconos, sino que hace referencia al valor intrínseco de la imagen.
Renuncio a cualquier necesidad de reconocer objetos familiares para convertirlos en punto de partida de la creación artística. Conceptualizo valores tradicionales y aplico sus elementos a una nueva creación.
La fotografía deja de ser un medio de mera reproducción y representación de ideas para convertirse en el objeto mismo de representación.
A través de la representación experimental de formas, objetos y texturas, recurro a la abstracción en busca de una nueva visión del objeto, jugando con la ambivalencia tonal, con las transparencias, con los volúmenes y con los elementos cinéticos, resaltando la estructura de los objetos dibujados por la luz. En este sentido, no me considero fotógrafo: instrumentalizo la fotografía como cualquier otro recurso creativo. No es mi finalidad experimentar la técnica sino servirme de ella. No desprecio la objetividad que aporta, tan solo me aparto de ella, intento transformarla aportando un nuevo punto de partida que el objeto igualmente aporta y que está ahí, ofreciéndonos su propia visión, acercándose a nosotros con su propio y tan ignoto universo ciego.

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Manuel ALCAIDE: Ilusoria
Dibujo, textura, fotografía, pintura y, en definitiva, “poiesis”, creación desde la magia de los sueños, la imaginación adquiriendo forma a través del color, la luz y la sombra, reflejos visuales del mundo que llevamos dentro.
La revolución de la modernidad se basó desde las vanguardias en la fusión del arte y la tecnología, el concepto radical del arte por el arte, dejando para otros sectores el presupuesto de utilidad, el valor del arte como vehículo de motivaciones extra-artísticas, su función didáctica, o moralizadora, el papel de ilustrar la realidad. Y esto muy especialmente debido al ámbito de la fotografía, cuyo desarrollo en el siglo XIX hizo perder a la pintura esa función de documento esencial de la realidad, derivándola hacia el encuentro consigo misma: impresionismo, expresionismo, cubismo y los restantes ismos. Pero a la vez que la fotografía se asentaba como medio principal para el testimonio de la realidad, abría también de forma paralela su dimensión como arte, fundamentalmente al principio desde la figuración, para llegar más tarde a la abstracción. Y todos sabemos que la base de fotografía artística, lo mismo que la de la pintura, no reside en la belleza del objeto, sino en el modo de ver del artista, que reinterpreta artísticamente la belleza, o fealdad del objeto. Y aquí interviene Manuel Alcaide, ya desde la no figuración, experimentando con las posibilidades máximas de las nuevas tecnologías, hacia la luz y el color, una producción que ya no depende de la potencia y calidad de la máquina fotográfica, sino de la propia capacidad del artista, la cualidad de su visión.
Metálicas superficies de agua, placidamente mecidas, corrientes horizontales de color, vetas minerales en rojos, azules, negros, la textura del oro, del cobre, del aluminio, pinceladas extensas que el zoom nos acerca a la vista hasta mostrar sus poros, sus matices, la calidad de la materia y sus huellas. En este caso la fotografía invade de lleno las cualidades de la pintura, confirmando la inexistencia ya de las fronteras, la fusión de las artes. Pero hemos llegado además, también en la pintura, a la máxima socialización del arte, la posibilidad de acceso a la creación por parte de muchos que, en otras épocas, por razones técnicas, no hubieran podido expresarse, a la vez que el producto igualmente puede llegar a muchos, terminando con la condición de original único, para un único poseedor. Efectivamente la creación digital supone un freno a la mercantilización del arte, siendo ya posible la percepción de la belleza sin la posesión del objeto. Manuel Alcaide nos ofrece así, colectivamente, las ilusiones, las proyecciones mágicas de sus sueños, la poesía, en definitiva, del color y de la forma.

Rafael DE CÓZAR.

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Manuel Alcaide Mengual
Ilusoria
Fotografía digital

Cabe calificar de inquietante pulcritud y cuidada factura, a esta colección de instantáneas, manipuladas por Manuel Alcaide Mengual (Córdoba, 1962). Tirada hecha en soporte fotográfico, pensada para impresión digital, presentada en formato 70 x 100 cm. y que el artista ha dado en llamar Ilusoria. Trata, pues, esta serie, de una destacada gradación de metáforas visivas, que aparecen estrechamente ligadas a un sosegado por discreto esfuerzo estético: fijar la textura, el color en múltiples expresiones.
Como viene siendo no del todo frecuente, pero ya desde la primera mitad del pasado siglo ― y a la manera de Marcel Duchamp ―, en estas piezas que ahora se exhiben, parece importar poco, o casi nada, fabricar la obra con propias manos, incluso por mediación de un soporte técnico cualquiera que sea: lo decisivo aquí es la elección, el hecho de atrapar un instante indistinto y disponerlo de tal modo, que quede fuera del uso para el que fue necesario. Desde estos ensayos de luz, desde estas texturalidades fotográficas, se nos invita abiertamente a leer con los ojos, a elaborar una lectura, imaginativa, pausada y recogida; lectura que, por otro lado, en sucesión de aciertos, nos facilita una aproximación a modos de ver no siempre del todo explorados.
Insiste, Alcaide Mengual, con esmerado celo, junto a la obra de la luz, que es la erótica de la fotografía, la obra del color y sus texturaciones, acaso el empeño más acabado de este artista-fotógrafo. En esta operación de foto/pintar, de pintar por mediación de la cámara fotográfica: el primer recurso del que se dispone es la elección del instante indistinto y decisivo, el término insistido la luz, y, dentro de ésta, lo fulgente de la pintura fotográfica. No sé si, desde la astucia de ver, la ocurrencia de mirar puede ir más lejos, pero sucede que los ojos prosiguen su tarea cuando la mirada se detiene.
En estos registros fotográficos: ver es el modo en que los ojos dibujan sobre el instante decisivo, el trazo de luz y el libre juego del asunto. Insisten, las fotos de la serie Ilusoria, en hacer ver que la luz posee su propia argucia, no sólo que ella sea conducida por quien osa cazar el instante indistinto, sino que ésta es conducida por aquélla. Estas escenas de luz, metáforas para los ojos, tienen a bien acercarnos a una poética visual, poética de visualidad líquida, en tanto señalan lo que merece la pena ser visto, porque el ojo ― venero vítreo ― recorta la materia y la herramienta no tiene más que hacer su cometido, que consiste en registrar la decisión del ojo.
La decisión de atrapar el instante indistinto, el registro paulatino de la luz, el cuidadoso esmero del color, el brillo de las emociones visuales, la despreocupación por la mediación del oficio: son algunos de los rasgos que reposan, burla burlando, en cada una de estas ventanas de luz. Es de este modo que parece se va haciendo Ilusoria: de un lado, entre insistencias y azares, en recoger y fijar las luces, en encuadrar las escenas; de otro, en ir registrando cada instante en paralelo, en disponerse la prestancia del ojo en consonancia, así transcurre este jugar jugando con la frescura de ver, cuya elaboración como arte es la tarea que tenemos ante los ojos.
Hay ocasiones en que, en el momento mismo de tomar el instrumento, la mano sufre una incontenible necesidad de derramarse, provocando desatinos que sorprenden nuestros ojos. Esto sucede en esa gozosa elección de instantes indistintos que son estas foto/pinturas de Alcaide Mengual, y donde la fugacidad de la luz ― entre fotografiar y pintar ―, se hace búsqueda en paralelo. Ilusoria se acerca bastante al poema visual, poema que oscila entre lo pétreo y lo líquido, entre la seca textura del soporte y la luz, fluido que la humedece.
La trama, la composición, la técnica nos remite a un mundo que no es el de la experiencia fotográfica, sino el que la propia foto/pintura se ha encargado de decidir. Estas escenas de luz suscitan, sobre las texturaciones que desarrollan, algunas cuestiones tocantes a fotografía y Modernidad. Nadie sospecha acaso la ternura que le deparan estas piezas, suaves y tersas, a pesar de la consonancia de las luces y la acabada combinatoria de la composición: masas, luces y sombras. En ellas, se van entretejiendo, sin esfuerzo aparente, atinadas consideraciones acerca del ritmo de la luz, el vaivén del color, la fugacidad de la línea, la hermosura de la sombra y la fotografía contemporánea.
De entre estos papeles fotográficos, la textura surge a partir de una serie de intermediaciones que van de la observación al registro de lo observado, de la insistencia de ver a su difuminada persistencia en la retina, y de esta frágil visualidad a la concreción de lo fotografiado. La textura, anunciadora de la materia, hace pensar, al desocupado mirón, que aquello que está viendo, al fin y al cabo, no son más que pictografías, pinturas hechas de luz. En estas irradiaciones sobre papel fotográfico ― en las que Alcaide Mengual recurre a los procedimientos de impresión digital, para fijar la turbación del color ―, se cuestionan el orden de foto/pintar y el orden de la foto/pintura en que se fundan las nociones de trazo y línea.
Hay, por último, en estas luminiscencias, una apuesta por recuperar el desenfado en los modos de ver, por lograr el primor mismo del instante indistinto. Hay, además, trazas de buena hechura por unidad de línea y de concepto. De entre estos papeles, hay alguno que toca vivamente la sensualidad de los ojos, pero también la erótica de la línea y de la luz. Hay foto/pinturas, entre estas veinticinco piezas que ahora se exhiben, que muestran estar en continuidad con la mejor tradición moderna. Hay trazos ― en seriada sucesión ― que obligan a los ojos a ver, a seguir con viveza la fuerza seductora de la luz, que es tratada en tanto que límite de la forma y su sombra.

Francisco Lira
Carbonería
Junio, 2008

 

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